Foto: Alexa
Santa Inocencia
Por: Elga Del Valle
Julieta sujeta afanosa el rosario que le obsequió su madre antes de morir, a la par que susurra desesperada un Ave María. De repente, la madera de la vieja casona cruje al compás de unos pasos parsimoniosos. Los goznes lamentan el óxido que les entumece por no poder resistir la mano que empuja la puerta. A la niña se le eriza la piel. Se abraza de las rodillas y aprieta los ojos como deseando desaparecer de aquel armario, a la vez que las lágrimas se le escurren sobre la piel. El hombre da dos toques a la puerta del armario, y dice: – Sal de ahí, pequeña Julieta. Juguemos otra vez.
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